Por: Félix Betances
Es bueno saber que el Dr. Félix Cruz Jiminián no es solo un
médico; es una conciencia viva que interpela a una sociedad acostumbrada a la
indiferencia.
En un país donde el acceso a la salud sigue siendo una barrera para miles de ciudadanos, su nombre se levanta como sinónimo de compasión activa, de filantropía sin espectáculo y de servicio convertido en forma de vida. Hablar de Cruz Jiminián es hablar de un modelo ético que trasciende la bata blanca y se instala en el corazón mismo de la dignidad humana.
Desde los humildes inicios de su clínica en el sector de Cristo Rey, el doctor tomó una decisión que pocos se atreven a sostener durante toda una vida: poner la medicina al servicio de los pobres sin condiciones, sin excusas y sin cálculos políticos o económicos. Allí, donde muchos ven carencias, él vio rostros; donde otros veían imposibilidades, él vio urgencias morales.
Cientos de cirugías reconstructivas gratuitas han devuelto no solo la salud física, sino también la autoestima y la esperanza a personas que habían sido condenadas al olvido. Cada operación, cada consulta, cada medicamento entregado representa un acto silencioso de justicia social.
Su labor con pacientes renales, ofreciendo hemodiálisis gratuita, es quizá uno de los ejemplos más contundentes de su filantropía radical. En un sistema donde este tratamiento suele ser inaccesible y costoso, Cruz Jiminián ha salvado vidas que, de otro modo, habrían quedado a merced de la pobreza. A esto se suma su atención constante a los envejecientes, a quienes no solo brinda alimentos y cuidados médicos, sino también algo igualmente vital: compañía, respeto y reconocimiento como seres humanos valiosos.
Lo verdaderamente extraordinario de su obra no es solo la
magnitud, sino la constancia.
Más de cuarenta años de servicio ininterrumpido sin distingo de clases ni prejuicios.



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