Por: Wellington Pérez Vargas
Cuando la doctora renunciante fue designada como directora
del Hospital Jaime Mota, mi única reacción fue pensar: no sabe en lo que se ha
metido.
El Hospital Regional Universitario Jaime Mota es un paciente
con una enfermedad crónica. Su principal padecimiento no está únicamente en sus
carencias materiales, sino en la mafia política y el oportunismo que, como una
carcoma, han corroído ese centro de salud durante décadas. A eso se suma otro
mal: la tendencia de algunos a creer que administrar un hospital es una
plataforma para convertirse en figuras mediáticas o influencers, cuando la
gestión de un centro de salud exige liderazgo, capacidad administrativa y
compromiso con los pacientes, no protagonismo.
Esa visión tiene un costo muy alto, y lo pagan los ciudadanos con los impuestos que aportan y con la calidad de los servicios que reciben.
Si algún día se logra extirpar esos dos grandes tumores —la
injerencia político-partidaria y la gestión basada en la imagen, en lugar de
los resultados—, y se designa una dirección comprometida con los protocolos, la
transparencia y la eficiencia, además de dotarla de los recursos necesarios,
estoy convencido de que el Hospital Jaime Mota podrá iniciar un verdadero
proceso de recuperación.
A todo esto habría que sumar una decisión estratégica: crear
un verdadero Departamento de Comunicación Institucional y Estratégica. No para
hacer propaganda ni defender funcionarios, sino para informar con
transparencia, orientar a los usuarios y fortalecer la confianza de la
ciudadanía. Lo más importante es que esa estructura podría financiarse con el
mismo presupuesto que, durante años, se ha destinado al sicariato mediático. Un
hospital necesita comunicación profesional al servicio de la salud pública, no
campañas de imagen al servicio de intereses particulares.



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