Business

header ads

A propósito de la celebración del día de la Altagracia y otras Vírgenes. ¿Veneración o desconcierto?.OPINION

A propósito de la celebración del día de la Altagracia y otras Vírgenes. ¿Veneración o desconcierto?.OPINION


 Por Félix Betances

La devoción a la Virgen de la Altagracia, profundamente arraigada en la espiritualidad del pueblo dominicano, no es solo una práctica religiosa: es memoria colectiva, identidad cultural y refugio emocional para generaciones enteras. Como ocurre con otras advocaciones marianas en el mundo, su veneración ha trascendido los límites estrictamente doctrinales para convertirse en un símbolo de esperanza, protección y cercanía divina. Sin embargo, cuando desde las más altas instancias de la Iglesia se reiteran posturas teológicas que niegan a María —y a sus advocaciones— el carácter de corredentora o intercesora en sentido estricto, surge inevitablemente una inquietud: ¿qué ocurre con la fe del pueblo cuando se cuestionan los pilares simbólicos que la sostienen?

La teología católica ha sido clara, desde hace siglos, en afirmar que la redención pertenece únicamente a Cristo. María, según la doctrina oficial, participa de manera subordinada y ejemplar, no como fuente de gracia sino como creyente fiel. No obstante, en la práctica pastoral y devocional, la experiencia de los fieles ha ido mucho más allá de esa precisión teológica. Para millones de personas, la Virgen no es solo modelo, sino mediadora cercana; no solo madre de Jesús, sino madre espiritual que escucha, intercede y acompaña.

En este contexto, las recientes afirmaciones papales —o la reafirmación de posturas ya existentes— que insisten en que la Virgen de la Altagracia no es corredentora ni intercesora han generado preocupación y desconcierto. No tanto por el contenido doctrinal, que no es nuevo, sino por el impacto simbólico que puede tener en un pueblo que ha construido su relación con lo divino a través de estas figuras. La pregunta no es solo teológica, sino profundamente humana: ¿puede la fe popular sostenerse cuando se le pide que renuncie a los lenguajes y mediaciones que la han nutrido históricamente?

Cabe recordar que las advocaciones marianas no surgieron en el vacío. Fueron promovidas, reguladas y legitimadas por la propia Iglesia como herramientas de evangelización, especialmente en contextos culturales específicos. La Virgen de la Altagracia, como tantas otras, fue presentada como rostro materno de Dios en un mundo marcado por el sufrimiento, la desigualdad y la necesidad de consuelo. Declarar hoy que esas mediaciones carecen de sentido intercesor puede percibirse, para muchos fieles, como una desautorización tardía de algo que la misma institución fomentó.

Sin embargo, es poco probable que estas aclaraciones doctrinales eliminen la veneración mariana. La fe popular no se mueve únicamente por definiciones dogmáticas, sino por experiencias vividas. La devoción a la Virgen —sea la Altagracia, Guadalupe, Fátima o Lourdes— responde a una necesidad espiritual profunda: la de un Dios cercano, comprensible, compasivo. Mientras esa necesidad exista, la figura de María seguirá ocupando un lugar central en la religiosidad del pueblo.

La verdadera cuestión, entonces, no es si la veneración desaparecerá, sino si se abrirá una brecha mayor entre la teología oficial y la fe vivida. Si la Iglesia no logra acompañar pastoralmente estas aclaraciones, corre el riesgo de que muchos creyentes se sientan despojados de un lenguaje espiritual que les daba sentido. Más que declarar “desierta” una devoción, el desafío está en dialogar con ella, purificarla sin destruirla, y reconocer que la fe no solo se define desde los documentos, sino también desde el corazón del pueblo creyente. (Con consulta de chatGPT)

Publicar un comentario

0 Comentarios